Nunca quisiste volver, pero has vuelto. Y aquí estás, atravesando la última montaña tras la que se esconde esa ciudad oscura y triste. Al circular por las calles desiertas percibes su olor indeleble a estufa de leña, a carbón, a mesa camilla y a viejo. El aire pesa de puro frío. Aparcas el coche de alquiler junto al parque y arrastras la maleta por la acera. El traca-traca de las ruedas despierta la atención de algún parroquiano del bar, del portero que barre su trozo de acera, de la Angustias, que sigue atendiendo el kiosco, a sus años. Te miran de soslayo y no dicen nada, pero todos saben ya que has vuelto.
Llegas al
portal y subes las escaleras de madera. Un piso, dos. Aunque conservas tu llave,
tocas al timbre, prefieres no comprobar que ya han cambiado la cerradura. Te
abre Marisa. Quince años más vieja: como tú. Pero por ti han pasado quince años
de vida plena, y cada uno de los suyos parece haberle pesado el doble. Pero
es ella, sin duda, incapaz de dar cariño sin cobrárselo con alguna clase de reproche.
Ni siquiera en un día como éste.
– Hola Miguel,
¡por fin en casa! ¿qué tal el viaje? no estaba segura de que llegases a tiempo
para el entierro. Bueno, ni siquiera estaba segura de que fueses a venir. Una
pena que no estuvieras aquí al final. A mamá le hubiera gustado despedirse de
ti. Anda, no te quedes ahí, dame un abrazo. ¡Cuántos años sin vernos!
Podrías explicarle que venir desde Hamburgo a este rincón castellano es para ti más complicado de lo que ella piensa. Un viaje de dos mil trescientos kilómetros, si cuentas la distancia, y de varios lustros de duración, si consideras el desfase mental. Dos universos disjuntos. Pero ella no habla para recibir explicaciones, así que respondes como puedes a su gélido abrazo y murmuras algo sobre lo cansado que estás, aunque sólo sean las 9 de la mañana.
– Estarás
desmayado, ven a la cocina y te tomas un café con leche y unas tortas de
manteca. Los chicos están en el colegio y Rogelio en el banco. A mamá la llevarán
de la funeraria al tanatorio sobre las once. Si quieres, voy yo ahora y tú descansas hasta la hora de comer. Te he preparado tu habitación.
Preguntas por Graciela,
aunque ya sabes que no está. Marisa, más nerviosa de lo que quisiera,
te da un exceso de explicaciones que tú no has pedido. Sobre la extinción de
contratos en caso de fallecimiento, sobre lo eficiente que es Rogelio, que para
qué perder el tiempo: ahora que mamá ha muerto no pinta nada en casa. Y chico,
cuanto antes mejor, ¿no? La diligencia de Rogelio sí te parece sorprendente: ha
liquidado en un día treinta años de servicios. Lo tiene todo controlado.
Te acompaña por
la casa como si fueras el cliente nuevo de un hotel que nunca has visitado. Y podría
ser, porque está todo cambiado. La habitación de tus padres es ahora la de tu
hermana y su marido. Han bajado los techos altos y los muebles son nuevos. Te
preguntas qué habrán hecho con el dormitorio modernista de madera de roble. El
tuyo es ahora una mezcla de habitación de invitados y trastero. Te
echas un rato mientras tu hermana se marcha y, por fin, consigues descansar.
Antes de las
dos llegas al tanatorio y le dices a Marisa que se vaya a comer con Rogelio y
sus hijos. Se resiste un poco, pero con la boca pequeña: ella también prefiere evitar
una comida incómoda. Empieza a llegar gente, todo es tan absurdo y deprimente como esperabas. Un desfile de parientes y conocidos que no acabas de recordar
bien. Y repitiendo el mismo patrón . Primero, sorpresa; cuánto
tiempo sin verte, no sabíamos que habías vuelto ¿y Marisa? ¿y Rogelio? Cuando
comprueban que estás solo, desconcierto. Te dan un beso sin contacto o te estrechan la
mano con evidentes reparos aprensivos, quizás les contagies algo
inconfesable. Luego, nerviosos, disparan ráfagas de tópicos estúpidos, un diálogo
de besugos. Me han dicho que vives en Hamburgo ¡qué lejos ! ¿Y hablas alemán? Se ganarán buenos
sueldos en Alemania...¿Hace tanto frío como aquí? Hace mucho más, piensas,
pero el de allí no encoge las mentes ni congela los sentimientos. Nadie te pregunta si estás casado o tienes hijos.
Sobre las cuatro vuelve
Marisa con Rogelio. Su saludo suena más cordial que el de tu hermana, aunque
sabes que es igual de falso. Cuánto te agradece que hayas venido, Marisa
necesitaba tu apoyo en estos momentos tan duros. Su vida en los últimos años ha
sido cuidar de tu madre, contigo tan lejos. No, no es un reproche, se alegra
mucho de que estés aquí… pero te agradece todavía más que hayas venido sin tu
pareja. No es por ellos, pero en una ciudad tan pequeña la gente es muy cerrada,
ya sabes. Y claro, tienes que pensar en su
posición en el Banco y en el Casino. No hay necesidad de airear asuntos que a
él le parecen totalmente respetables, que conste ¿eh?, pero que son tan
personales... Además, es mejor por los chicos, todavía son pequeños para explicarles
estas cosas, seguro que lo entiendes.
Claro que lo entiendes,
cómo no vas a entenderlo. Todo el mundo sabe que entiendes desde siempre,
aunque sólo empezaste a comprenderte a ti mismo cuando perdiste de vista a
personajes tan cerriles y despreciables como Rogelio. O como tu propio padre.
Por fortuna, la
llegada de Rogelio cambia el centro de gravedad del velatorio. Te sorprende la
frenética actividad que despliega, siempre fue el hijo que a tu padre le hubiera
gustado tener. Saludos efusivos, caras de resignación y pena, abrazos
fraternales y palmadas varoniles en la espalda. Lugares comunes y frases hechas.
Muchas gracias por venir, estamos muy afectados, sí. No somos nadie. La pobre
ha dejado de sufrir, y vosotros habréis descansado, claro. Qué pena tan grande.
Dios lo ha querido así. El volumen de las voces baja cuando te miran y comentan
cosas que prefieres no oír.
A las nueve cierran
el tanatorio y volvéis andando a casa bajo farolas que arrojan una luz naranja
y heladora. Cena en silencio con sus hijos. Ellos no preguntan y tú no tienes nada
que compartir. Cuando los chicos se han acostado, notas cierta impaciencia en
tu hermana, que interpretas como el preludio de la función que han preparado
con cuidado.
Sobre la mesa camilla
de la salita, el eficiente Rogelio ha desplegado una colección de documentos
que debes analizar y aprobar, no necesariamente en este orden. Más
explicaciones innecesarias. En el ensayado guion, a Marisa le toca la exposición de motivos.
– Miguel, ya
sabes que, al morir papá, a los pocos años de tu marcha, mamá se quedó sola con
Graciela. Cuando empezó a tener achaques, pensamos que lo mejor para todos era
venirnos a vivir con ella; en nuestro piso de la urbanización hubiéramos estado
un poco estrechos y ella tampoco quería moverse de aquí. Siempre fue tan
cabezona como tú.
Rogelio quiere matizar esta decisión no sólo generosa, sino completamente racional.
– Una casa tan
grande y en el centro, para una persona sola, era un desperdicio…
Pero tu hermana
no ha acabado su introducción.
– Bueno, eso ya
lo sabías y no te pareció mal. Nuestro único interés ha sido siempre que
estuviese lo mejor atendida posible. Pero, después de tanto tiempo, la verdad
es que pensamos que merecemos quedarnos con la casa. Los chicos se han
acostumbrado y no podemos volver al piso pequeño, que además tenemos alquilado.
Marisa ha
terminado con los fundamentos morales. El director de la sucursal principal del
Banco Hispanoamericano y presidente del Casino de la capital va a exponerte ahora las
razones legales.
– Y durante
estos años, además de la dedicación desinteresada, hemos tenido muchos
gastos...
Los tres sabéis
que tu madre tenía una buena pensión, además de un patrimonio personal nada despreciable. No es muy realista pretender que necesitó ayuda para asumir sus gastos.
Rogelio percibe tu gesto de incredulidad, así que pasa a esgrimir unos
argumentos más contundentes.
– Bueno, no
quiero ser brusco, pero el caso es que hace un año tu madre fue con Marisa al
notario y, me apena decírtelo, pero sólo te ha dejado la legítima estricta. Aquí tienes
una copia simple del testamento. De verdad que lo siento, Miguel, pero éste es
el testamento que ella hizo y esto es lo que hay.
Pensabas que
ahora ibas a sentir rabia, pero sólo sientes pena. No por la miseria moral de
Rogelio, sino por la expresión de ansia y vergüenza en la cara de tu hermana.
Por el sufrimiento de tu madre cuando la forzaron a hacer algo tan contrario a
su forma de ser. Toda la vida con ella y no han sido capaces de
entenderla. Como no te entendieron a ti. Como nunca han entendido nada fuera de
su mundo corto y estrecho.
Marisa se ve
obligada a decir algo para justificarse. Así que te miente con un desparpajo
que disimula tras una cara de pena bastante convincente.
– Miguel, te
juro que fue una iniciativa de mamá, que yo solo compartí a medias y no apoyé
en absoluto. Ya sabes que pienso que los dos hermanos somos iguales, aunque
quien ha cargado con las obligaciones durante todos estos años he sido yo. En cualquier caso, esa fue su voluntad y creo que debemos respetarla.
Rogelio ha
hecho los deberes y lo tiene todo organizado.
– El abogado
del banco me ha preparado este documento con una propuesta de partición de la
herencia, a partir de lo dispuesto en el testamento y del inventario de bienes,
que también está descrito en el informe. No te pedimos que lo firmes ahora.
Llévatelo y lo consultas con un abogado, pero es un buen arreglo, de verdad.
– Nosotros nos
quedamos con la casa y con la mayor parte de los fondos, pero tú te llevas un
buen pellizco en efectivo, apostilla Marisa que, ante tu falta de protestas, ya
se lo ve hecho.
Estás tan
cansado y tan triste que sólo quieres dormir y que mañana sea otro día. Que
pase el funeral y el entierro. Y marcharte, pero esta vez para siempre. Así que
recoges los documentos y te disculpas.
– No os
preocupéis, ya estudiaré los papeles con calma en Hamburgo y os diré algo, pero
podéis estar tranquilos, siempre voy a respetar la voluntad de mamá.
Al levantarte
ves en un estante la primera edición de las Obras Completas de García Lorca,
editorial Aguilar, 1954. Un relámpago de recuerdos se dispara en tu cabeza.
Encuadernado en piel, papel biblia con unas láminas preciosas del autor. Lo
compró tu madre, de soltera. Para tu padre, Lorca era un desecho como tú, un
ser erróneo y desviado cuya existencia sólo podía provocar vergüenza. Nunca te
acuerdas de él, pero de ella sí, entonces tan joven y tú tan niño, ambos
felices, mientras te leía y te enseñaba a apreciar la belleza.
"Lloras zumo de
limón, agrio de espera y de boca…"
Lo coges y
preguntas a Marisa si puedes llevártelo. El patán de Rogelio aplaude la idea. Regalarte unos libros que ya son tuyos le parece una forma estupenda de engrasar el
acuerdo. Y, de paso, se deshace de cosas viejas que tendría que tirar de todas
formas.
– Claro, claro,
en tu cuarto hay un montón de libros de tu madre, llévate lo que quieras,
faltaría más. O mejor, prepara un paquete y te los mandamos.
Te marchas a tu
habitación y, efectivamente, en una estantería están los libros que siempre le
gustaron: Juan Ramón Jiménez, Marquina, Rubén Darío, Tagore, Gabriel y Galán… y un tocho
enorme que todavía recuerdas: Las mil mejores poesías de la Lengua Castellana. Más
de 800 páginas de recuerdos por 25 pesetas de 1956.
Te duermes
ojeando el libro desvencijado y por la mañana te despiertan los estorninos que invernan
en las ramas desnudas de los álamos del parque. Recuerdas como un mal sueño la
conversación de anoche y que no has hecho nada de lo que habías pensado hacer. Meditas
en la cama cómo vas a afrontar el asunto y decides que no quieres complicarte
la vida. Que les den. En este momento sólo te interesa enterrar a tu madre,
recoger tus recuerdos personales y marcharte para no volver nunca.
Dentro de un
mes, cuando les llegue el Certificado de Actos de Última Voluntad, la pareja siniestra
y paleta descubrirá con espanto que el último testamento no es el que ellos le
obligaron a firmar, sino uno muy diferente que tu madre preparó hace menos de tres meses,
cuando consiguió que Graciela la llevase en secreto a otro notario. Es el
testamento que guardas en la maleta y que pensabas haberles enseñado ayer, junto
con la carta que te envió en el mismo sobre, donde te explicaba su vejez prisionera
y desgraciada en esta ciudad provinciana y odiosa de la que ella nunca pudo
escapar.
Entonces les
devolverás su generosa oferta, para que sean ellos los que la acepten en las mismas
condiciones que te han ofrecido a ti. Sólo tienen que intercambiar los nombres.
Y no tendrás inconveniente en venderles tu casa: entre el piso que tienen alquilado
y la legítima de tu hermana, crees que podrán comprártela. Seguro que Rogelio conseguirá
unas magníficas condiciones para la hipoteca: por su posición en el banco y
porque siempre ha sido un tipo muy eficiente.
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