martes, 7 de diciembre de 2021

UN LAMENTABLE ACCIDENTE

 

El cementerio estaba lleno de gente. Esto es algo habitual cuando muere alguien en un pueblo pequeño, pero, en este caso, se justificaba plenamente al ser la fallecida una persona tan conocida y tan querida. Ni el intenso frío, ni el viento enloquecido que formaba remolinos con las hojas de los árboles, habían conseguido que los vecinos desistieran de dar su último adiós a Dorita, la sacristana, la catequista, quien montaba siempre el Belén en Navidad y capitaneaba el coro que cantaba en la misa de los domingos. Siempre dispuesta a echar una mano a cualquiera que se lo pidiera, siempre con una sonrisa en los labios, siempre interesándose por los problemas de los demás.

«Sí, mamá era un fenómeno», pensó Elena, de pie al lado de su hermano Álvaro, mientras soportaban el frío, el viento, y las lamentaciones de las personas que iban pasando en una larga fila, demorándose para expresar su dolor por la inesperada pérdida. «Qué pena, una mujer aún joven». «Qué lástima, una mujer tan vital». «Qué mala suerte, mira que tropezar en la escalera, que se la sabía de memoria…»

El semblante sereno de Elena contrastaba con el rostro lloroso de Álvaro, inconsolable desde que había recibido la noticia. Pero, pese a su aparente serenidad, su cabeza bullía de pensamientos agitados, al galope, dejando muy en segundo plano el soniquete de las condolencias de los vecinos y el sollozar de su hermano.

Elena recordaba el verano en que nació el niño, cuando acababa de cumplir cuatro años, y la enviaron los tres meses a la playa con la tía Gloria, ya que su madre necesitaba dedicarse al bebé y no podía encargarse de ella. Recordaba los nacimientos vivientes que su madre organizaba, en los que su hermano, de piel blanca y rubito, hacía siempre de Niño Jesús, mientras que Elena, morena, bajita y regordeta, acababa haciendo de pastorcilla.

Sintió esa sensación tan familiar, ese pellizco en la boca del estómago, al recordar la cara de su madre, seria pero firme, anunciándole que, pese a sus buenas notas y su interés por los libros desde muy pequeña, no podría ir a la Universidad, ya que no podían permitirse enviarla fuera del pueblo, mientras su padre, agazapado en su sillón al lado de la chimenea, asentía en silencio con la cabeza. Cuatro años después, cuando ella ya se había ido de casa, trabajaba, y estudiaba asignaturas sueltas de Psicología por la Universidad a Distancia, el gandul de su hermano, que siempre había ido renqueando en el colegio, entraba en la Facultad de Derecho y ocupaba una plaza en el Colegio Mayor más caro de Valencia. Cuando Elena recalcaba que ella vivía de su trabajo, compartiendo piso y gastos con unas amigas, su madre contestaba que Álvaro era un chico y necesitaba que le cuidaran.

Mientras el apenado párroco rezaba el responso ante la tumba, un suspiro de Álvaro, más intenso que los anteriores, hizo que Elena se girase a mirarle. «Qué bonita estampa», pensó. Amarrada a su brazo estaba su mujer, Raquel. Álvaro apoyaba la cabeza sobre su hombro, mientras ella le acariciaba la húmeda mejilla con ternura. Raquel era la hija del socio mayoritario del prestigioso bufete de abogados donde Álvaro trabajaba. Había sido un golpe de suerte conocerla en el bar de la facultad. Su pelo rubio y su mirada lánguida habían hecho el resto.

Elena recordó la noche en que su madre había caído por las escaleras, golpeándose la nuca en uno de los peldaños. Había venido al pueblo a visitarla, como hacía cada mes desde que había muerto su padre. Mantenía la esperanza de que ahora que se había librado de cuidar del inútil de su marido, y con su hijo bien situado y viviendo su vida, su madre sería capaz de establecer con ella la relación que no habían tenido nunca. Y, además, tenía una buena noticia que darle.

«¿Y ya sabes qué va a ser?» «Una niña, mamá». Su madre no mostró emoción alguna durante unos segundos en los que Elena se quebró por dentro, para romper posteriormente su silencio con la excitada narración de los preparativos de la próxima visita del obispo, mientras seguía atando el pavo relleno que iba a ser el plato fuerte del acontecimiento.

El viento consiguió vencer la pesada puerta de hierro del camposanto, que se cerró con estrépito. Instintivamente, Elena hundió las manos en los bolsillos de su gabardina, buscando protección. El tacto del contenido de su bolsillo derecho le hizo sentir mejor. Allí estaba el cordel de cocinar que se había cuidado muy bien de retirar del rellano del primer piso.

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