El cementerio
estaba lleno de gente. Esto es algo habitual cuando muere alguien en un pueblo
pequeño, pero, en este caso, se justificaba plenamente al ser la fallecida una
persona tan conocida y tan querida. Ni el intenso frío, ni el viento enloquecido
que formaba remolinos con las hojas de los árboles, habían conseguido que los
vecinos desistieran de dar su último adiós a Dorita, la sacristana, la
catequista, quien montaba siempre el Belén en Navidad y capitaneaba el coro que
cantaba en la misa de los domingos. Siempre dispuesta a echar una mano a
cualquiera que se lo pidiera, siempre con una sonrisa en los labios, siempre
interesándose por los problemas de los demás.
«Sí, mamá era un
fenómeno», pensó Elena, de pie al lado de su hermano Álvaro, mientras
soportaban el frío, el viento, y las lamentaciones de las personas que iban
pasando en una larga fila, demorándose para expresar su dolor por la inesperada
pérdida. «Qué pena, una mujer aún joven». «Qué lástima, una mujer tan vital».
«Qué mala suerte, mira que tropezar en la escalera, que se la sabía de
memoria…»
El semblante
sereno de Elena contrastaba con el rostro lloroso de Álvaro, inconsolable desde
que había recibido la noticia. Pero, pese a su aparente serenidad, su cabeza
bullía de pensamientos agitados, al galope, dejando muy en segundo plano el
soniquete de las condolencias de los vecinos y el sollozar de su hermano.
Elena recordaba el
verano en que nació el niño, cuando acababa de cumplir cuatro años, y la enviaron los
tres meses a la playa con la tía Gloria, ya que su madre necesitaba dedicarse
al bebé y no podía encargarse de ella. Recordaba los nacimientos vivientes que
su madre organizaba, en los que su hermano, de piel blanca y rubito, hacía
siempre de Niño Jesús, mientras que Elena, morena, bajita y regordeta, acababa
haciendo de pastorcilla.
Sintió esa
sensación tan familiar, ese pellizco en la boca del estómago, al recordar la
cara de su madre, seria pero firme, anunciándole que, pese a sus buenas notas y
su interés por los libros desde muy pequeña, no podría ir a la Universidad, ya
que no podían permitirse enviarla fuera del pueblo, mientras su padre, agazapado
en su sillón al lado de la chimenea, asentía en silencio con la cabeza. Cuatro
años después, cuando ella ya se había ido de casa, trabajaba, y estudiaba
asignaturas sueltas de Psicología por la Universidad a Distancia, el gandul de
su hermano, que siempre había ido renqueando en el colegio, entraba en la Facultad
de Derecho y ocupaba una plaza en el Colegio Mayor más caro de Valencia. Cuando
Elena recalcaba que ella vivía de su trabajo, compartiendo piso y gastos con
unas amigas, su madre contestaba que Álvaro era un chico y necesitaba que le
cuidaran.
Mientras el
apenado párroco rezaba el responso ante la tumba, un suspiro de Álvaro, más
intenso que los anteriores, hizo que Elena se girase a mirarle. «Qué bonita
estampa», pensó. Amarrada a su brazo estaba su mujer, Raquel. Álvaro apoyaba la
cabeza sobre su hombro, mientras ella le acariciaba la húmeda mejilla con ternura.
Raquel era la hija del socio mayoritario del prestigioso bufete de abogados donde
Álvaro trabajaba. Había sido un golpe de suerte conocerla en el bar de la
facultad. Su pelo rubio y su mirada lánguida habían hecho el resto.
Elena recordó la
noche en que su madre había caído por las escaleras, golpeándose la nuca en uno
de los peldaños. Había venido al pueblo a visitarla, como hacía cada mes desde
que había muerto su padre. Mantenía la esperanza de que ahora que se había
librado de cuidar del inútil de su marido, y con su hijo bien situado y viviendo
su vida, su madre sería capaz de establecer con ella la relación que no habían
tenido nunca. Y, además, tenía una buena noticia que darle.
«¿Y ya sabes qué
va a ser?» «Una niña, mamá». Su madre no mostró emoción alguna durante unos
segundos en los que Elena se quebró por dentro, para romper posteriormente su silencio
con la excitada narración de los preparativos de la próxima visita del obispo,
mientras seguía atando el pavo relleno que iba a ser el plato fuerte del
acontecimiento.
El viento consiguió
vencer la pesada puerta de hierro del camposanto, que se cerró con estrépito. Instintivamente,
Elena hundió las manos en los bolsillos de su gabardina, buscando protección.
El tacto del contenido de su bolsillo derecho le hizo sentir mejor. Allí estaba
el cordel de cocinar que se había cuidado muy bien de retirar del rellano del primer
piso.
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