En
cuanto recibí aquel mensaje, me apresuré a coger el primer tren de levitación
magnética que salía para Madrid. No había tiempo que perder. Aquel no era el
primer ataque, ya habíamos presenciado con estupor el cierre de los teatros y
el desmantelamiento del Museo del Prado, cuyas obras de arte adornaban ahora
alguna de las residencias del magnate de moda en California; pero no pude
evitar pensar que esta vez lo habían conseguido, que este era el fin de todo,
de todo resto de cultura y civilización.
Las
obras de demolición de la Biblioteca Nacional empezarían en una semana. El todopoderoso
Tribunal de Evaluación de la Utilidad había decidido que ni el delicioso
edificio neoclásico del Paseo de Recoletos ni su inabarcable contenido
superaban los criterios establecidos para merecer apoyo económico por parte del
Estado, y que las ventajas de hacerlos desaparecer eran mayores que los
inconvenientes (la nube de polvo que se esparciría por la ciudad, ensuciando los
cristales de los omnipresentes edificios de oficinas, y los elegantes zapatos
de sus ejecutivos). De hecho, ya se había adjudicado el solar a una empresa
extranjera, la misma que había edificado sobre el parque del Retiro, que
construiría otro edificio de oficinas más con todos los servicios y las
comodidades que permitirían a sus empleados sentirse como en su propia casa durante
su jornada laboral, desde el amanecer hasta bien entrada la noche.
Sin
embargo, en un gesto de buenas intenciones, encuadrado en el Plan de
Recaptación de Insurgentes, y con cierta condescendencia, habían permitido a
todos los nostálgicos que quisieran conservar alguna de aquellas antiguallas
(como el manuscrito del Poema del Cid,
del siglo XIV, o la gramática de Nebrija original, impresa en 1492; teniendo
los correctores automáticos, nada más obsoleto que una gramática…) acercarse al
palacete y quedarse con alguno de aquellos mamotretos solo válidos para
almacenar polvo.
Volví
a leer apesadumbrada el mensaje que había recibido de la Resistencia Cultural.
Teníamos una semana para intentar minimizar los daños. Iba a ser imposible
salvarlo todo, pero había que intentarlo.
El
punto de reunión era la fachada principal del edificio. Desde la ornamentada
verja de hierro forjado pude contemplar cómo varios cientos de personas se
arremolinaban bajo la majestuosa escalinata, y en un goteo constante, más y más
personas se acercaban. Acepté en mi móvil el envío del plan de actuación. Era
sencillo, a cada persona interesada se le ofrecía para su custodia una de las
obras escogidas por un Consejo de Sabios en el ostracismo de sus cátedras. A
algunos de aquellos ancianos ignorados se les veía por allí, vestidos con sus
harapos, con sus barbas sin recortar ellos y sus melenas canosas ellas, pero
con la mirada brillante de determinación y de asombro ante la respuesta que se
había suscitado. Al oír el sonido de la notificación me precipité escaleras
arriba, esquivando a tantos otros que miraban con ansiedad sus pantallas, y
entré al edificio. Corrí a la ubicación especificada en el mensaje de
asignación, y al encontrarme ante la vitrina me sentí muy afortunada: ante mí
se mostraban las maravillosas miniaturas del Códice de Fernando I y Doña Sancha del Beato de Liébana que se me
había adjudicado, y que recogí con todo cuidado ante la mirada desdeñosa del
policía que metralleta en ristre vigilaba el proceso.
Mientras
tanto, en la escalinata, rodeando las estatuas sin duda complacidas de San
Isidoro, Alfonso X, Luis Vives, Lope de Vega, Cervantes y Nebrija no cesaba de
acumularse gente. Celebré complacida el éxito de la campaña en redes sociales
en la que habíamos participado sin descanso todos los que habíamos sido
conocedores de la barbaridad que se perpetraba sobre nuestro patrimonio, y que
había alcanzado una difusión sin precedentes.
En
el tren de vuelta a casa, acariciando mi preciosa mercancía, sonreí pensando
que muchos tesoros como aquel permanecerían entre nosotros, iluminando aquella
negra etapa de nuestra historia desde los hogares de toda aquella gente que no
los iba a dejar morir.
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