miércoles, 3 de noviembre de 2021

Colapso cultural



En cuanto recibí aquel mensaje, me apresuré a coger el primer tren de levitación magnética que salía para Madrid. No había tiempo que perder. Aquel no era el primer ataque, ya habíamos presenciado con estupor el cierre de los teatros y el desmantelamiento del Museo del Prado, cuyas obras de arte adornaban ahora alguna de las residencias del magnate de moda en California; pero no pude evitar pensar que esta vez lo habían conseguido, que este era el fin de todo, de todo resto de cultura y civilización.

Las obras de demolición de la Biblioteca Nacional empezarían en una semana. El todopoderoso Tribunal de Evaluación de la Utilidad había decidido que ni el delicioso edificio neoclásico del Paseo de Recoletos ni su inabarcable contenido superaban los criterios establecidos para merecer apoyo económico por parte del Estado, y que las ventajas de hacerlos desaparecer eran mayores que los inconvenientes (la nube de polvo que se esparciría por la ciudad, ensuciando los cristales de los omnipresentes edificios de oficinas, y los elegantes zapatos de sus ejecutivos). De hecho, ya se había adjudicado el solar a una empresa extranjera, la misma que había edificado sobre el parque del Retiro, que construiría otro edificio de oficinas más con todos los servicios y las comodidades que permitirían a sus empleados sentirse como en su propia casa durante su jornada laboral, desde el amanecer hasta bien entrada la noche.

Sin embargo, en un gesto de buenas intenciones, encuadrado en el Plan de Recaptación de Insurgentes, y con cierta condescendencia, habían permitido a todos los nostálgicos que quisieran conservar alguna de aquellas antiguallas (como el manuscrito del Poema del Cid, del siglo XIV, o la gramática de Nebrija original, impresa en 1492; teniendo los correctores automáticos, nada más obsoleto que una gramática…) acercarse al palacete y quedarse con alguno de aquellos mamotretos solo válidos para almacenar polvo.

Volví a leer apesadumbrada el mensaje que había recibido de la Resistencia Cultural. Teníamos una semana para intentar minimizar los daños. Iba a ser imposible salvarlo todo, pero había que intentarlo.

El punto de reunión era la fachada principal del edificio. Desde la ornamentada verja de hierro forjado pude contemplar cómo varios cientos de personas se arremolinaban bajo la majestuosa escalinata, y en un goteo constante, más y más personas se acercaban. Acepté en mi móvil el envío del plan de actuación. Era sencillo, a cada persona interesada se le ofrecía para su custodia una de las obras escogidas por un Consejo de Sabios en el ostracismo de sus cátedras. A algunos de aquellos ancianos ignorados se les veía por allí, vestidos con sus harapos, con sus barbas sin recortar ellos y sus melenas canosas ellas, pero con la mirada brillante de determinación y de asombro ante la respuesta que se había suscitado. Al oír el sonido de la notificación me precipité escaleras arriba, esquivando a tantos otros que miraban con ansiedad sus pantallas, y entré al edificio. Corrí a la ubicación especificada en el mensaje de asignación, y al encontrarme ante la vitrina me sentí muy afortunada: ante mí se mostraban las maravillosas miniaturas del Códice de Fernando I y Doña Sancha del Beato de Liébana que se me había adjudicado, y que recogí con todo cuidado ante la mirada desdeñosa del policía que metralleta en ristre vigilaba el proceso.

Mientras tanto, en la escalinata, rodeando las estatuas sin duda complacidas de San Isidoro, Alfonso X, Luis Vives, Lope de Vega, Cervantes y Nebrija no cesaba de acumularse gente. Celebré complacida el éxito de la campaña en redes sociales en la que habíamos participado sin descanso todos los que habíamos sido conocedores de la barbaridad que se perpetraba sobre nuestro patrimonio, y que había alcanzado una difusión sin precedentes.

En el tren de vuelta a casa, acariciando mi preciosa mercancía, sonreí pensando que muchos tesoros como aquel permanecerían entre nosotros, iluminando aquella negra etapa de nuestra historia desde los hogares de toda aquella gente que no los iba a dejar morir.


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