domingo, 1 de mayo de 2022

Prescripción facultativa

  

Siempre me he preguntado qué lleva a una persona a querer escribir. No me refiero a los escritores profesionales. A la gente que publica libros o escribe en periódicos por los que se paga, y que recibe algún tipo de remuneración por su tarea de escritor. Siempre he pensado que, si alguien ha estudiado literatura o periodismo, es lógico que tenga el gusanillo de poner en práctica lo que ha aprendido en la carrera que eligió. No sé, igual que un veterinario sabe formular piensos y se preocupa por el  bienestar de cerditos y gallinas ponedoras, un escritor profesional aprende a pergeñar historias y tiene el deseo vocacional de cuidar el intelecto de los lectores, presentándoles situaciones que les hagan pensar o, al menos, que les distraigan. Las vocaciones son así, supongo. Si hacen que alguien quiera estudiar para abogado, para cura, ingeniero de caminos (y canales y puertos, ahí es nada) o para técnico de prevención de riesgos laborales, pues ser escritor no parece algo tan raro.

No. Yo me refiero a personas como yo, que se dedican a cosas dispares, que no tienen conocimientos específicos sobre literatura, ni un talento especial y que, un buen día, se apuntan a un taller y empiezan a dedicar una parte de su tiempo libre a escribir historias para que las lean no se sabe muy bien quién.

Lo de quien va a leer lo que se escribe es para mí un tema misterioso. Tengo claro que un escritor de verdad escribe para que lo lea su editor, que es de quien depende su carrera literaria. Lo del público creo que es secundario, los lectores leemos lo que se publica y se publica lo que quieren los editores. Por tanto, ese debe ser el objetivo principal de un escritor. Quizás también piensen en los críticos, en los jurados de los premios y supongo que en algunos colegas, especialmente en los que les caen mal.

Pero ¿en quién piensa un aficionado que va a un taller? Muchos dicen que escriben para ellos mismos, pero eso no puede ser verdad. Para uno mismo se escribe un diario, pero no un relato; yo nunca he visto un taller de narrativa para escribir diarios secretos. Todo el mundo escribe para que lo lean otras personas. ¿Qué personas? No se sabe. Normalmente amigos incondicionales que aceptan con resignación tus escritos y son capaces de poner incluso buena cara y animarte a seguir. Quizás tus hijos, si son adultos y se han vuelto comprensivos con los síntomas de la vejez. Desde luego, y por obligación, los profesores del taller y los compañeros. Y algún hermano o familiar que te tenga especial cariño…Con la pareja es más complicado, es difícil colar historietas a quien te conoce de verdad.

Yo empecé a escribir por prescripción facultativa. De mi psicólogo. Cuando vas al psicólogo te pones a contar rollos que él escucha con cara de póker sin darte mucho retorno, la verdad. Tú miras su rostro impasible e intentas interpretar sus reacciones, como si te estuvieses examinando en alguna prueba eliminatoria de madurez o de salud mental. Pues el mío hacía eso, yo hablaba y hablaba contando las cosas que me pasaban, o que creía que me pasaban, y él me observaba como quien mira la pecera de la sala de espera de un dentista. Un día me dijo: me gusta como cuentas las cosas, hablas como si contases un cuento; ¿no has pensado en escribir? Seguro que te sentaría bien.

La verdad es que entonces me quedé un poco mosqueado. No sabía si me estaba diciendo que lo que le contaba le sonaba a cuento chino, o que abreviase, o, simplemente, que tenía ganas de cambiar de tema y sólo se le ocurrió salir por ahí. Pero al final  le hice caso y me apunté a un taller de narrativa.

¿Escribir para qué? No tenía ni idea. ¿Escribir para quién? Bueno, en aquel momento me engañé diciéndome que para mí mismo.

Hasta entonces, nunca había escrito un relato, ni veía demasiado interés en hacerlo. De hecho, no me gustan los relatos cortos. Nunca los leo y siempre me ha parecido una especie de ejercicio de ingenio un poco estéril. Claro que me gustan leer, pero sólo novelas, con más de doscientas páginas y con una trama que vaya calando hasta engancharte y entretenerte durante un tiempo que merezca la pena. No sé como explicarlo. En una novela el autor es el que te cuenta las cosas y el que crea la historia poco a poco. Pero un relato corto es como un trailer sin película, donde la mitad, o más, del trabajo la tiene que hacer el propio lector, interpretando todo lo que no se le cuenta. Una especie de “hágalo usted mismo” pero con una historia en vez de con una estantería de Ikea.

Además, me gustan las novelas donde pasan cosas. Quiero decir cosas fuera de las cabezas de los personajes. Dentro también, pero, sobre todo, fuera. Y cosas que tengan algo de original, de épico, o miserable, erótico, violento, pasional o terrorífico. Es decir, novelas policíacas, eróticas, históricas, de aventuras, de viajes y de terror. No hay cosa que me aburra más que un autor se mire al espejo y escriba acerca de las increíbles sensaciones que eso le provoca. Entiendo que todos nos sentimos originales y únicos, pero no acabo de conseguir que me interese una historia donde personajes con vidas grises nos ilustran sobre su experiencias más íntimas y cotidianas. Hace muchos años que me leí ese libro de Savater sobre “el amor a los libros y la fuerza absorta de leer” que me ayudó a liberarme de complejos y a disfrutar de ese tipo de historias que son las que a mí me parecen historias de verdad.

Otro libro sobre literatura al que le estoy muy agradecido es Correo Literario, de Szymborska, donde te explican, de forma tan clara como jocosa, dos verdades que deberían contarse en la primera sesión de cualquier taller de narrativa: a) que el talento literario es sumamente escaso y; b) que no tenerlo no es ninguna desgracia, especialmente si no aspiras a ser un escritor de verdad; no hace falta para ligar, ni para encontrar un trabajo, ni siquiera para ser feliz. El propio hecho de acudir a un taller es un síntoma de falta de talento, como el ir al psicólogo indica que probablemente tengas algún problema que solucionar.

Bueno, pues eso, que mi psicólogo me recomendó que me apuntase a un taller de narrativa y desde entonces le he ido tomando gusto al asunto. Aún siguen sin convencerme los relatos cortos, pero los escribo porque es lo que me mandan y porque sería imposible intentar escribir una novela. Si ya me parece terrible la labor de los profesores, que tienen que leer y corregir varios relatos de dos mil palabras, no quiero ni pensar en la tortura de leerse  tochos de más de un centenar de páginas escritos por aficionados.

También he claudicado en lo de hablar de vez en cuando sobre mi vida: no tengo grandes aventuras o experiencias que contar, ni imaginación suficiente para inventarlas. Al menos he aprendido algunos trucos, quizás haya mejorado algo en el estilo y he encontrado cierto público al que importunar de vez en cuando con mis relatos.

Y, sobre todo, he conseguido una manera de vengarme de mi psicólogo. Hace unos meses le conté que ya llevaba dos años en cursos de narrativa, siguiendo sus consejos. Tuvo la debilidad de decir, con la boca muy  pequeña, eso sí, que le encantaría que le mandase alguno, que seguro que serían interesantes. Así que recopilé todos los que llevaba escritos, más de 50 en dos años, los pasé a pdf y preparé un bonito documento de casi 200 páginas, con introducción y todo. Y se lo mandé por correo electrónico.

Ahora puedo incordiarle un poquito al principio de cada sesión preguntando si ya se los ha leído y cuál le gusta más, mientras observo cómo está a punto de quebrar su sempiterna cara de póker buscando una excusa educada.

 Si él tuvo la culpa, algo deberá pagar, ¿no?

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