NEVADA
Primer día de mi diario
Como cada mañana, mi habitación, se inunda de luz blanquecina que empieza a teñirse pálidamente. En esta tranquilidad, súbitamente brutal, se apodera de mí, una enorme inquietud. La tristeza me invade…
Abandono, con esfuerzo, la calidez de la cama, me refugio en el acolchado batín y me acerco a la ventana para mirar el día. Desde la treceava planta, donde vivo, la mirada se pierde a lo lejos, hasta el mar. El mar que apenas se destaca, lo adivino, sé que está allí, lo recuerdo, sí, recuerdo ese azul del mediterráneo en las primaveras luminosas. Ahora, todo se ve cómo a través de un velo de tul. Los colores, desesperadamente apagados, se diluyen. Una frazada blanca cubre y forma ondulaciones creadas por la multitud de cosas que envuelve: aceras, setos, jardines, arbolado y coches que llevan meses sin moverse. Todo está insoportablemente silencioso, como en un sueño. Y las criaturas vuelan en el aire gris o a ras del suelo donde son saeteadas por el resplandor blanco y negro. En los pasillos abiertos entre la nieve, sombras de hombres, sombras de hombres en la miseria y en imágenes que tiemblan delirantes.
Salvo los meteorólogos, nadie hubiera imaginado lo que vendría después. Los primeros días de la nevada la gente salía alegre a las calles para festejar la novedad después de un largo periodo de sequía. Desde octubre, y ya se está acabando la primavera, caen los copos de nieve, suavemente, pertinazmente, sin un solo momento de descanso.
Ya han terminado los operarios que cada dos días vienen a quitar la nieve de la azotea, para aligerar el peso. Me llega el rascar de las palas, mi techo nos separa, la nieve, entonces, cae más densamente a la calle.
Me abrigo más para salir al balcón. Como todas las mañanas; vigilo el refugio y el comedero para las aves que instalé allí cuando comenzó la nevada. Reponer las semillas, los frutos secos, que les dará el aporte energético extra que necesitan, sobre todo, las pequeñas que son las más vulnerables, y este intenso frío supone para ellas un gran riesgo de muerte.
Compruebo que el frío de la noche a creado una capa de hielo, superficial, en el recipiente del agua, la renuevo con agua templada para que puedan beber y calentar sus pequeñas patas. Encuentro, en el murete del balcón, un gorrión que no ha conseguido llegar al refugio. Pienso, sosteniendo en mi mano el pequeño, e inerte, cuerpo, lo que dicen algunos expertos. Cuando llegue el calor, si llega, no lo saben con certeza, puesto que es, una realidad nueva. En esta ciudad que, nació en un vado, cerca de la desembocadura del río Turia; pueden formarse, charcas, agua estancada, donde proliferan insectos y mosquitos. Puede que, entonces, sí quedan pocas aves… para las que, a estos, les sirven de alimento. Se formen temibles nubes negras, con ellos, que nos harán desear que vuelva esta blanca y luminosa nieve.
El sonido del helicóptero, me devuelve a lo real… Hoy es el día de la semana que tenemos asignado el reparto de víveres para este edificio. Procuro ser la primera en subir, no tener que esperar entre los demás, soportando este intenso frío.
Una nueva solidaridad se ha creado entre algunos vecinos, que antes no existía, intercambiamos ideas, soluciones, para los problemas cotidianos como, el mantenimiento interior del edificio. En alguna ocasión, con alguno, intercambio sentimientos, que…, esta nueva naturaleza nos ha traído.
Otros de los habitantes de este edificio, solo se interesan por sí mismos. Siguen obsesionados por la búsqueda de culpables y, responsables de esta situación. Sobre todo, culpando al gobierno; que, según ellos, no ha sabido, o no ha querido frenar a ese cielo, a esas nubes anárquicas, que se empeñan en descargar sin control toda esta nieve. Con el propósito oculto de: aislarnos, manejarnos y controlarnos.
He emprendido hoy, este diario, como recurso contra la soledad. Para encontrar las palabras inaudibles que, pesadas, estaban allí y, sin embargo, no lo estaban.
Mañana continuaré.
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